ALERTA

Adriano tiene ya dos meses y yo he pasado parte de este tiempo en un estado de alerta. Es curioso, porque con Gabriele no recuerdo haber vivido lo mismo, lo cual no hace más que demostrarme que nunca seré la misma madre: en puridad, cada bebé que nace tiene una madre distinta, a pesar de lo que digan sus apellidos. Pienso en la ilusión de la identidad: ¿era yo la misma hace tres años y medio, cuando nació mi primer hijo? Me siento inclinada a responder que sí, pero una relación tan intensa como la que se tiene con un recién nacido me ha dado la medida de mi falta de continuidad, de cómo mi yo actual se cuela, con sus ficciones, y de forma casi imperceptible, en todos mis recuerdos.

Adriano no me tiene sólo para él. Ahora me parece que no reparé lo suficiente en este hecho durante el embarazo: tener un bebé y no poder dedicarte exclusivamente a él. Aunque no creo haberle desatendido nunca, siento el peso de ese cambio, que me hace no poder vivir por completo en su cabecita, pues otra parte de mí piensa en su hermano.

Nada más volver a casa con Adriano, al entrar y hacerle un lugar en nuestra familia, me vino a la memoria la imagen nítida de cuando Gabriele era un bebé y me estremecí: “Gabriele ha crecido” y “el nuevo bebé no es Gabriele” y “cómo haré para darles a los dos lo que necesitan”. Pues, ¿qué necesitan los niños? Tras haber criado a un solo niño, me parece que lo necesitan todo. Todo lo que una tiene. Y al miedo por los celos del niño mayor se unen los reclamos del bebé, que nada sabe de lo que le rodea.

Se habla mucho de que tener dos hijos es muy cansado, un trabajo que no cesa; se habla también de los celos entre hermanos; pero no he oído a casi nadie nombrar el conflicto que surge en la madre cuando tiene más de un hijo. Es un conflicto que siento que está de algún modo conectado con la pregunta acerca de quién soy yo y quiénes son los otros: es decir, qué madre puedo llegar a ser para cada uno de mis hijos.

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A veces, mi afán de control me lleva a querer medirlo todo. El tiempo que paso con uno y con el otro, las veces que me ha reclamado Gabriele y yo le he tenido que contestar que en ese momento no podía, las horas que ha dormido Adriano, el tiempo que he pasado jugando con él, lo a menudo que me ha sonreído. Y desde luego que no es un buen camino. A veces me desvelo por las noches y me siento muy cerca de mi adolescencia, cuando frecuentemente una voz interior me decía: “no estoy hecha para esta vida”. Más que desear descansar de mis hijos (otro tema sobre el que se escribe mucho) a veces querría descansar de mí misma y ser una madre un poco más despreocupada, un poco más irreflexiva, un poco más olvidadiza (¿por qué mi memoria es una sima en la que todo permanece intacto y nada se olvida?).

Desde que nació Adriano, cualquier pequeño contratiempo me genera una gran inquietud. A menudo pienso que todo empezó a raíz de una mala experiencia que tuvimos durante los primeros días. Al darnos el alta en el hospital nos dijeron que volviéramos al día siguiente para hacerle una prueba de bilirrubina, porque se estaba poniendo un poco amarillo. Así que regresamos y, para mi sorpresa, nos dijeron que tenían que ingresarle en neonatos para ponerle debajo de una lámpara. Adriano se puso muy nervioso a raíz de los análisis de sangre: estuvo después casi una hora llorando y sin poder coger el pecho. Lo metieron en una cunita con una venda en los ojos y debajo de una lámpara. Yo me quedé 48 horas a su lado, en una silla, sin dormir. Las enfermeras insistían en que me fuera a mi casa y me trataron realmente mal: diciéndome que no tendría leche suficiente, no dejándome darle el pecho más que a las horas que ellas decidían, culpándome cuando lloraba… El resultado fueron dos días muy angustiosos en los que yo no pensaba más que en que tenía que aguantar lo que fuera para no dejar solo a mi hijo en aquellas manos. Me causó una honda impresión ver cómo funcionan las unidades neonatales: cómo tienen a los bebés solitos, privados de contacto físico, y cómo intentan a toda costa deshacerse de las madres. Asistí a escenas muy tristes de otros bebés, y al final nos fuimos a casa, muy cansados los dos, y creo que también un poco asustados.

Después se han ido sucediendo todo tipo de momentos: felices, angustiosos, tranquilos, tensos. Siempre Adriano y yo juntos entre tantas fluctuaciones. Durante las primeras semanas me costaba mantener la calma cuando él lloraba. A veces se peleaba con el pecho. Y yo, a pesar de haber amamantado ya a otro niño, en varias ocasiones he pensado que no tenía leche suficiente y he estado a punto de dejar la lactancia. Por fortuna perseveré, y Adriano ha seguido creciendo. Es un bebé tranquilo, aunque ha tenido algunos llantos inconsolables, algunos días, cada vez menos. Y escribo todo esto como una forma de plasmar la realidad y devolvernos a un mundo sereno, en el que no hay tantas amenazas como yo temo cada día.

Es complicado enfrentarse a tantas emociones cuando ya has tenido otro hijo con el que todo fue más tranquilo y fácil. Pero a veces pienso que estoy con Adriano en un extraño desconcierto; que nos encontramos juntos en su eterno presente, allí donde todo es maravilloso o terrible, y pasa de un extremo a otro en un instante. Nos encontramos y nos acompañamos en cada momento, y yo vuelvo a sentir esa intensidad luminosa y lacerante de la infancia, la imposibilidad de expresarme con palabras, la vida en un tiempo cíclico y fragmentado que viene marcado por lo que hace y desea el otro. No siempre es fácil vivir en el mundo de los bebés, no a todas las horas del día y de la noche. Me relajo un poco y me parece que Adriano es como un imán que tira de mí, que me invade, que me lleva consigo, y yo intento seguirle sin alejarme demasiado de esta orilla donde me sostiene Gabriele, con quien hablo incansablemente, a quien ya conozco tanto.

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