ECHAR DE MENOS

Por primera vez, este verano, Gabriele ha pasado unos días de vacaciones sin nosotros. Se ha ido a la playa con sus abuelos, mientras Adriano, su padre y yo nos hemos quedado dos semanas más en Madrid. Creo que ha estado bastante contento, o al menos esa impresión me dio cuando fui a visitarle. Parece que se acordaba de nosotros, sobre todo, cuando surgía algún contratiempo: una pupa, un disgusto, una rabieta. La experiencia ha coincidido con un momento en que estaba aumentando su conciencia acerca de la nostalgia y las separaciones, y así, desde hace unos meses, nos habla con frecuencia de que “echa de menos” cosas, personas, lugares. Muchas veces de forma anticipada: “voy a echar de menos…”, otras ya en el presente: “echo de menos”. Yo, que siempre he tenido una marcada tendencia a la nostalgia y he sufrido casi todas las pérdidas, no puedo dejar de sonreírme, con un gesto de tristeza, pensando en todo aquello que acabará echando de menos a lo largo de su vida.

Hubo un episodio que de algún modo inauguró esta época. En el mes de mayo decidimos que Gabriele dejara de usar el chupete. Y digo decidimos porque al final fue algo que pensamos que era mejor hacer de forma drástica y sin consultarle. Se nos había alargado la cosa más de lo pensado: seguía usando chupete con tres años y medio, a veces hablaba con el chupete en la boca y no articulaba, y cada vez que intentábamos que lo dejara paulatinamente (usarlo sólo por la noche, sólo a ciertas horas del día) entrábamos en tiras y aflojas interminables, con llanto incluido. Así que un día le dije que ya era mayor y que se había acabado, que el chupete era para los bebés, y que iba a venir un hada que se lo iba a llevar esa noche y a cambio le iba a dejar un regalo. No suelo emplear premios para casi nada con mis hijos, pero me pareció que aquella era una buena ocasión para comprarle la bicicleta que le habíamos prometido hacía tiempo. Así que fuimos a comprar la bicicleta, y allí nos dijo que quería que el hada le dejara un proyector de estrellas con música, de los que se ponen en la cuna de los bebés. Como estaba obsesionado con uno que le habían regalado a su hermano para la cunita, y a pesar de que se tratara de un regalo claramente regresivo, me pareció que ya que iba a dejar el chupete no debía oponerme. Así que el hada le dejó esa noche el proyector de música para bebés. Lo tuvo a la vez que la bicicleta de niño mayor. Pusimos el chupete en el balcón y él parecía de acuerdo con el trato. Hasta que llegó la hora de dormir. Entonces empezó a decir que se arrepentía de todo y que quería su chupete. Entró realmente en crisis, con una rabieta muy fuerte. Lloraba y hacía por deshacerse de mis brazos y recorrer la casa en busca del chupete. Me resultó difícil aguantar, sabiendo que podría calmar su angustia haciendo algo tan simple como devolvérselo, hasta que al final se quedó dormido.

Hablando con su padre aquella noche nos dimos cuenta de que a los dos nos había dado mucha tristeza quitarle el chupete. Como si se alejara definitivamente el bebé que habíamos tenido; para nuestra sorpresa, al pensar que nunca más le volveríamos a ver con su chupete en la boca se nos hacía un nudo en la garganta. Quizá por eso nos había costado tanto llegar a tomar aquella decisión. Nos habíamos asustado también un poco por su reacción: discutíamos si habíamos hecho bien en ser tan drásticos, qué hacer si Gabriele entraba en crisis un día tras otro… Pero aquello no sucedió. A la mañana siguiente se despertó y parecía haber aceptado la nueva situación: es decir, que el chupete era ya cosa del pasado. Pero le quedaba la tristeza. A veces nos decía: “me acuerdo del chupete”. Durante varias noches, a la hora de acostarse, me miraba con pena y repetía: “Otros días yo tenía el chupete y hoy ya no está”. Expresaba así la única verdad de una ausencia que había aceptado pero que a la vez le pesaba, porque ponía en sus manos ese vacío que dejan las pérdidas.

Durante mucho tiempo, hasta hace relativamente poco, Gabriele reaccionaba sólo con enfado cuando no obtenía lo que deseaba. Ahora también se enfada con frecuencia, pero otras veces, en ocasiones en un segundo momento, su rostro muestra que ha empezado a transitar el vacío interior fruto de la ausencia: una decepción tranquila, esa tristeza que a veces roza la melancolía y que acabamos aceptando mansamente. La escena se ha repetido a menudo desde entonces: juguetes rotos, personas que van y vienen (sus amigos, sus abuelos, nosotros mismos), pequeños objetos insignificantes con los que se ha encariñado. El más fiel reflejo de ese sentimiento lo he encontrado en el interés de Gabriele por las flores de nuestro jardín este verano: su deseo de cogerlas, su desazón ante la realidad de que marchitan.

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Un día, caminando por el campo, recogimos una florecilla silvestre. Se empeñó en llevarla en sus manos, luego me la dio a mí para que la cuidara; después de un rato, y antes de que se pusiera demasiado mustia, le dije que si la devolvíamos al campo. Él me contestó primero que sí y luego que no: me aseguró que la iba a echar mucho de menos. Yo intenté restar dramatismo a la escena diciéndole que habría cerca de casa otras muchas flores muy bonitas, iguales que esa, pero él insistió: “no serán esta misma flor”. Y tuve que reconocer que era más verdad lo que él decía que lo que le estaba contando yo. Esa certidumbre de que no nos bañamos dos veces en el mismo río; ese apego a lo más concreto, a lo individual, a lo irrepetible, a lo que nunca vuelve me ha acompañado a lo largo de mi vida y en boca de Gabriele me resultó conmovedor.

No puedo ser una buena maestra para enseñar a ningún niño a aceptar las pérdidas y las separaciones: tampoco a mis hijos. Me cuesta demasiado a mí. Recuerdo con una intensidad lacerante haber tenido esos mismos sentimientos de niña: conozco muy bien la emoción, pero no su antídoto, no un bálsamo para la tristeza que provoca. Así que me limito a compartir la pena, a decirle a Gabriele que entiendo cómo se siente, reconozco que de verdad es triste, y poco más. A veces siento miedo porque me doy cuenta de que por ese camino nos vamos acercando, poco a poco, a una futura pregunta acerca de la muerte, pues la nostalgia por las cosas que nos faltan no es sino un correlato de nuestro miedo a la muerte, y las separaciones de quienes amamos nos cuestan tanto porque en el fondo, siempre, tememos perderles.

Al mismo tiempo, reconozco en ese echar de menos el germen del pensamiento: una mezcla de memoria e imaginación, de fascinación por el mundo y de distancia melancólica. El bebé que mira y vive en un eterno presente se ha convertido en un niño que ahonda en el hiato entre la realidad y el deseo: una realidad que se escurre como el agua y se escapa de sus manos.

Mientras sigo en el patio hablando con Gabriele, Adriano también quiere coger una flor. Tengo miedo de que se pinche con las espinas del rosal, así que le acerco unos pétalos, que mira y toca encantado antes de intentar llevárselos a la boca. Son efímeros y a la vez eternos en aquel instante. Cuando los deje de ver pensará que han desaparecido. La ausencia para él es un pozo sin fin, porque todavía no puede echar de menos: sólo llenarse de rabia o caer en el olvido, o en la desesperación. Y pienso que la intensidad de sus sentimientos no volveremos a experimentarla nunca, y que su fascinación por lo real ha de ser abrumadora, y que es triste tomar conciencia del tiempo y de las pérdidas; pero que, al mismo tiempo, la nostalgia nos permite encontrarnos y querernos en nuestra fragilidad, invita a la concordia y vuelve el mundo habitable.

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