JUAN GELMAN Y LOS NIÑOS

Tras conocer la noticia de la muerte de Juan Gelman, reproduzco estas palabras sobre la poesía de Gelman y los niños que aparecen en mi libro El lugar de la palabra (Cálamo, 2013):

Juan Gelman escribe, en uno de los aforismos reunidos bajo el título “El trabajo de la poesía”: “Como un niño, la poesía busca nombrar lo que no puede”. El niño se topa con la incapacidad de nombrar el mundo, y de ahí el impulso que le lleva a aprender la lengua. Sin embargo, una vez adquirido un idioma concreto, aceptados sus significados convencionales, abandona el deseo de comunicación directa con las cosas que había tenido en su primera infancia. El poeta trata de regresar a ese estadio: desaprender la lengua, liberarla de lo consabido, volver a encontrarse ante el mundo con la angustia y el deseo de quien es consciente de la imposibilidad de nombrarlo.

Gelman

El niño es un motivo fundamental en la poética de Juan Gelman, desde sus principios hasta los libros más recientes. La infancia es fundadora de la sensibilidad y del lenguaje: el poeta aspira a reencontrarla, pero se topa con una oscuridad, con un abismo. Los sufrimientos que deben soportar los niños (a los que en cierto modo se asimila su hijo muerto) son una preocupación constante, un zumbido que no deja de dar vueltas alrededor del poeta. La imposibilidad de pensar o sentir como un niño es el punto de arranque de uno de los más celebrados poemas de Gelman:

NIÑOS

un niño hunde la mano en su fiebre y saca astros que tira al aire/y
ninguno ve/
yo tampoco los veo/
yo sólo veo un niño con fiebre que tiene los ojos cerrados y ve
animalitos que pasan por el cielo/pacen en su temblor/
yo no veo esos animalitos/
yo veo al niño que ve animalitos
y me pregunto por qué esto pasa hoy/

La limitada percepción del adulto supone una barrera insalvable. Su intento de mirar a través de los ojos del niño resulta siempre fallido. Y ésa es, quizá, la verdadera razón del poema: “El poeta no ve lo que el niño ve, lo que el niño alucina. El poema-niño es el sujeto de la visión”. La disyuntiva entre el ver y el no ver, el saber y el no saber, domina estos versos. El niño vive en un delirio, causado por la fiebre, al que el poeta asiste desde fuera. Sin embargo, ambas realidades – la fantasía del niño y la percepción del poeta – se encuentran en el poema, que actúa como catalizador de la comunicación imposible. Así, la escritura poética se perfila como el único modo de dar voz a los niños: seres mudos u olvidados, criaturas sufrientes, carne del deseo perdido en el corazón de quien escribe. “El mediador entre el mundo y el poeta que dice ‘yo’, representado por el niño, reenvía al primero a su propia infancia originaria.” Pues, para poder mirar, es necesario gozar de luz propia:

¿y qué hace el niño con esta luz en su palma?/
¿mientras todos trabajan para hacer dinero fuera de esta luz?/
¿encerrados afuera de esta luz que es imposible mirar sin una luz
adentro?/
¿sin un amor con pena adentro?/

El resplandor herido del niño, que encarna el sufrimiento y la esperanza, brilla entre el amor y el dolor. Es invisible para todos aquellos que han aparcado su propia infancia en un rincón ya inaccesible: que no guardan dentro el recuerdo vivo y luminoso de la niñez, que no sienten su peso como un misterio que oscurece y alumbra sus acciones. El mundo de los adultos se relaciona, implícitamente, con el provecho, la vacuidad, la indiferencia. El niño enfermo conserva una dignidad dolorida: es una víctima y una ilusión al mismo tiempo. En un poema de Mundar, “El niño”, Gelman muestra la imagen de otro niño dormido, pero esta vez es plácida y tranquila. Desde su quietud y su inocencia, repele a todo lo malvado:

El niño duerme
al pie de un árbol y el aire
que lo relata brilla
como vida en la vida, se vuelca
con claro alivio sobre
la piel llena de caminos, sube
en el fulgor del día
para darle fulgor y el otoño
quiere al niño que duerme
al pie del aire y el
espanto se va, corrido
por una voz
que nadie escucha todavía
en la marea de las huellas.

Sólo el aire puede hablar del niño: su voz escondida ahuyenta al espanto, es inaudible y brilla. El cuerpo infantil se descubre soñador y liviano, desconoce sus peligros; en su fragilidad extrema es capaz de alejar los sufrimientos, de robar un pequeño milagro. La vida está en esa “piel llena de caminos”, abierta e indeterminada. La naturaleza arrulla el dormir de un niño que respira suave y se comunica con el mundo. Su peculiar existir lo sitúa al inicio y al término de la vida: allí donde lo fundamental se dirime. José Ángel Valente escribió un poema en que origen y final se confunden, “The child is father of the man”: “Ser niño está en el término al que a veces se llega sólo un instante luego de morir, cuando los ojos se abren asombrados hacia la inusitada luz (…)”.

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