La Historia

Hace mucho tiempo, cuando Gabriele aún no había nacido, ni crecía todavía en mi vientre, ni su padre y yo le estábamos buscando, ni tan siquiera habíamos pensado seriamente en tenerle, mientras leía un libro, cayó este texto en mis manos:

-¿De dónde venía yo cuando me encontraste? -preguntó el niño a su madre.

Ella, riendo y llorando, le respondió apretándolo contra su pecho: “Tú estabas en mi corazón, como un ansia, amor mío. Estabas con las muñecas de juguete de mi infancia; y, cuando cada mañana hacía yo la imagen de mi dios con barro, a ti te hacía y te deshacía. Estabas en el altar con el dios de nuestra casa; al adorarlo a él te adoraba a ti. Estabas en todas mis esperanzas y en todos mis cariños. Tú has vivido en mi vida y en la vida de mi madre. Tú fuiste viniendo, siglo tras siglo, en el seno del espíritu inmortal que rige el hogar nuestro. Cuando yo era una muchacha y mi corazón abría sus hojas, tú flotabas en fragancia a mi alrededor. Tu tierna suavidad floreció antes en mis carnes juveniles, como el color en el oriente antes de salir el sol. Primer amor del cielo, hermano gemelo de la luz del alba, bajaste al mundo en el río de la vida y al fin te paraste en mi corazón…”
¡Qué embeleso me sobrecoge al mirarte a ti, hijo, que siéndolo todo te has hecho mío; y qué miedo de perderte! ¡Así, bien apretado contra mi pecho! ¡Ay!, ¿qué poder mágico ha enredado el tesoro del mundo a mis débiles brazos?

                                                                                        (Rabindranath Tagore)

Lo leí y sentí inmediatamente que así era, que un día, más o menos lejano, llegaría a mis brazos un niño que estaba ya viviendo en todo lo que hacía. Por eso podría decir que la historia de Gabriele comenzó tantos años atrás, en algún momento remoto que no recuerdo, porque él existía como deseo desde hace mucho tiempo: era un deseo grande y profundo, un niño hermoso y perfecto que me acompañaba en mis alegrías y sobre todo en mis penas, pero aún no era él. Un niño con quien seguí soñando nada más conocer a su padre, deseando que el amor que sentía pudiera traer a esa criatura nueva. Cuando empezamos a pensar en tener un niño, me invadieron tantos pensamientos… ¿de verdad iba a nacer? ¿Y quién sería? ¿Cuál de todos esos bebés con los que había soñado? ¿O quizá ninguno de ellos? La ilusión era también a veces miedo, miedo e ilusión de que el deseo se hiciera real, de que fuera él, único y presente, de que llenara el hueco de mis fantasías.

No hubo más que pequeños indicios de su presencia hasta que el cinco de febrero, cuando fui a París a visitar a su padre, que acababa de llegar allí para una estancia de investigación, hicimos una prueba y se confirmó el embarazo. En esos días nos dedicamos a pasear por París, la ciudad donde nos habíamos conocido y donde Gabriele también viviría, sin saberlo.

De vuelta a Madrid, recibió sus primeros regalos: unos patucos, ¡un disfraz de rana de la talla de un año!, y un elefantito destinado a convertirse en su primer doudou, y que yo llevé conmigo durante todo el embarazo. También vimos, en una fugaz visita a Valladolid, sus primeras imágenes: medía cuatro milímetros, y oímos el latido de su corazón, a 80 pulsaciones por minuto.

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A principios de marzo llegué yo también a París. Era todo ilusión y todo incertidumbre. Aún desconocíamos el sexo, y aquel ser pequeño y desconocido despertó un gran interés entre todos los amigos del Colegio de España, donde vivíamos. A pesar del cansancio y el sueño que me invadían, recuerdo aquella época como un momento dulce: un mes de marzo que en París fue todo primavera, cielos azules, días cada vez más iluminados.

Aún me quedaban, sin embargo, algunos temores, muchos de ellos de lo más curiosos: ¿comía yo lo suficiente?, ¿pasaría hambre el bebé?, ¿se entristecía conmigo cuando yo tenía algún problema?, ¿sabía algo de mis emociones, de mis miedos y mis deseos más recónditos? Mi identificación con él era tan grande que a veces hasta me preguntaba si sentiría frío cuando yo pasaba frío.  Y todo aquello me llenaba, a veces, de preocupaciones. Fue también la época de nuestros primeros regalos: un cuento para bebés sobre un osito viajero titulado “Où vas-tu, Ourson?”, y un cuadrito para su habitación en el que se ve a un osito con una escayola, una muleta y la cabeza vendada, y se puede leer: “Quand je serai grand je serai docteur de doudous”. Desde entonces, nuestra casa no ha hecho más que llenarse de osos.

A medida que pasaba el tiempo mi barriga crecía y la presencia de aquel pequeño ser se iba haciendo más real, hasta que en algún momento del mes de abril comencé a sentir sus primeros movimientos, por la noche. Poco después supimos que nacería un niño, y aquello me resultó muy sorprendente: ¿cómo podía ser que hubiera, dentro de mi cuerpo, un cuerpo tan distinto al mío? Aquel niño estaba en mí y era a la vez diferente, se despertaba y se dormía siguiendo un ritmo que nada tenía que ver con el mío, estaba llamado a ser otro.

En mayo, ya de vuelta a Madrid, el tiempo comenzó a pasar muy rápido. Había que prepararlo todo para su llegada: una casa nueva, muebles, vestidos, cochecitos… comenzábamos a entrar en el inacabable mundo de los bebés.

Con el verano llegaron también los viajes: estuvimos en Roma, y después en Comillas, donde aquel niño desconocido y yo nos bañamos en el mar y nadamos juntos, experimentando, por unos instantes, los dos la misma sensación de ingravidez. Fueron días tranquilos, en que dormimos más horas de las que jamás hubiéramos imaginado, acompañados por aquella gran barriga que se movía constantemente, sobre todo de madrugada. Se acercaba el momento del nacimiento y había que encontrar un nombre, lo cual fue una ardua tarea.

Llegamos a septiembre sin habernos decidido. Recuerdo ese septiembre, muy caluroso, como un tiempo detenido, una dulce espera. Giancarlo se fue a Mallorca y a su vuelta pensamos finalmente que debía llamarse Gabriele. Yo pasé los días jugando: pensando en su cuna, sus muñecos, su primera ropa, y todas aquellas otras cosas (impensadas) que hay que llevar a los hospitales.  Y así se fue acercando la fecha del nacimiento, que había sido fijada para el 7 de octubre. Llegó ese día, y nada, pasaron otros días, y nada. Yo me volvía loca de impaciencia: ¿qué pasaba?, ¿nacería ese niño?, ¿por qué no daba señales? Llegué a pensar las cosas más estrambóticas: que no iba a nacer nunca, que no quería venir al mundo, que mi cuerpo no funcionaba… Leí que caminar mucho adelantaba el parto y me dedicaba a dar largos paseos por la mañana y por la tarde. Hasta que el día 14, a las cinco de la mañana, sentí las primeras señales inequívocas de la inminencia del parto. Gabriele nació doce horas más tarde. Recuerdo pocas cosas de todo aquel tiempo: tan sólo la alegría inicial, al saber que había llegado el momento, la intensidad del dolor más tarde, y al final, la imagen de un niño que lloraba desesperado, de una manera que, por fortuna, nunca más le he visto llorar más tarde. Recuerdo su desesperación y mi deseo de consolarle.

A partir de ahí, la historia de Gabriele es una historia compartida, en la que estamos todos. Celebramos que ha venido al mundo, que cada día crece, nos mira y le vemos. Que pasó de estar oculto a ser pura presencia, entre nosotros.

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