LA NOVELA FAMILIAR DEL NEURÓTICO

Algunos títulos evocan tanto que podrían ser casi independientes del texto al que dan nombre; en sí mismos dicen, dan alas, ponen el dedo en la llaga y despiertan la imaginación y el pensamiento. Hace bastantes años encontré en un libro una cita que hacía referencia a un breve artículo de Freud titulado “La novela familiar del neurótico”. Su contenido me intrigó durante algunos días, el poco tiempo que pasó hasta que lo leí, y ese título resonó en mi cabeza de tantas maneras que jamás he podido olvidarlo.

Freud analiza la tendencia de los niños y adolescentes a fantasear con la idea de no ser hijos de sus padres, y las diversas naturalezas de dichas fantasías y sus implicaciones psíquicas: la novela familiar. Qué duda cabe de que el sentimiento de pertenencia a una determinada familia está hecho de historias, que en la propria idea de la filiación hay mucho de pensamiento y de relato. ¿De quién somos hijos, a fin de cuentas? Recuerdo que alrededor de los once o doce años en algunas ocasiones me ponía a pensar en qué significaba que mis padres fueran mis padres y en lugar de aparecer ante mis ojos una evidencia lo que me asaltaba era una sensación de extrañeza inmensa de la que tenía que apartar la mirada. ¿Quién era yo?, ¿qué significaba ser hija de mis padres? Esas preguntas me confrontaban con una angustia existencial casi recién descubierta. Y pasaba largos ratos imaginando cómo sería si tuviera otros padres, si hubiera sido adoptada nada más nacer, o si por un error me hubiesen entregado a una familia que no era la mía. Al final, de algún modo, todo se resolvía deseando que mis padres me quisieran “a pesar de no ser mis padres”, es decir, poniendo la decisión de que yo fuera su hija aún por encima del hecho biológico.

Gabriele empezó a fantasear con la idea de la adopción y la orfandad hace ya más de un año, creo que tras el nacimiento de su hermano Adriano. Un día me dijo: “¿Sabes que mi mamá verdadera vive en África, y está con tus verdaderos hijos?”. Yo, bastante sorprendida, le pregunté que si quería que nos cambiáramos, que si le apetecería marcharse a África con su madre y que mandaran aquí a mis hijos, pero él me contestó que no, que estábamos muy bien así, y que en realidad no tenía demasiado interés en conocer a su verdadera madre ni quería, sobre todo, que trajéramos a esos niños.

Al poco tiempo, mientras caminábamos por la calle, me dijo con cara de pena: “Hola, soy un niño abandonado, ¿quieres cuidarme?”. Yo le seguí el juego y le contesté que sí, que por supuesto, pero que dónde estaba su mamá, a lo que me respondió que se había muerto. Seguimos la conversación y quedamos en que yo sería su mamá a partir de entonces. Hablamos de lo que haríamos, de cómo sería su habitación, del colegio al que iba a ir, el papá que le iba a presentar y de un hermano que tendría, y así poco a poco reconstruimos nuestra vida real, que tomó la forma de un deseo.

Es curioso que nos preguntemos por qué en los cuentos infantiles hay tantos huérfanos, tantas madrastras y padrastros, niños abandonados, por qué tanta crueldad y familias rotas. Pues bien, porque la idea de la orfandad está en la mente de los niños. Las familias son siempre un fracaso, algunas un gran fracaso y otras un pequeño fracaso; cunas de mejores o peores neurosis, a fin de cuentas. Los niños sienten miedo al abandono, necesitan fantasear con la idea de ser otros, de que sus padres sean otros, a veces sueñan con huir o con hacer desaparecer a sus hermanos. La novela familiar es a la vez expresión de una falta -la de, a sus ojos, la familia perfecta, la de una relación con los propios padres que colme todos sus deseos- y de una súplica, la de ser amados y cuidados a pesar de sus imperfecciones. Creo que la maternidad es, por encima de cualquier otra cosa, el amor a un niño real, desidealizado, el amor a lo concreto, a lo imperfecto, no a un hijo imaginario, sino al hijo que se tiene. Y no hablo aquí en términos de renuncia: es la capacidad de desear exactamente al hijo que se tiene.

Últimamente Gabriele ha añadido una nueva dimensión a esta narrativa familiar: la fantasía de su propria familia, la que él tendrá cuando crezca. Tiene una predilección por los gemelos: quiere ser padre de varios pares de gemelos, todos chicos. Dice que los traerá de visita a nuestra casa y les enseñará todos sus juguetes, y les llevará también a casa de sus abuelos y sus bisabuelos; a mí me produce ternura esa dimensión del tiempo detenido en su cabeza: “cuando estén justo aquí, donde estoy yo, podrán tocar todos mis peluches”. Un aquí y un ahora eternos, en esa eternidad que es cada infancia.

Al preguntarle que si se imagina cómo será la madre de sus hijos, me responde con melancolía que querría que fuera yo, y se queda un poco sin palabras. Yo recuerdo la misma sensación de incredulidad y de vértigo cuando pensaba de niña que en algún momento dejaría de vivir con mis padres y buscaría un compañero. Me preocupaba mucho el no saber lo que sentiría cuando me enamorara.

En otro momento Gabriele me preguntó que si cuando él se casara su padre y yo nos íbamos a morir. Ese día pareció haberse roto su tiempo detenido. Yo le dije que no, pero entendí lo que me decía: el abismo de la separación que supone el crecimiento, de una muerte simbólica que a los cinco años resulta inconcebible. Intenté tranquilizarle diciéndole que nosotros estaríamos muy felices el día de su boda, y que por supuesto no nos íbamos a morir, como no se habían muerto mis padres, y que su novia sería maravillosa y estaría guapísima. “Sí, y llevará tu vestido de novia, yo se lo voy a regalar”, añadió entonces Gabriele. Aquella ocurrencia, como era previsible, nos permitió reír e ironizar un buen rato.

Sin embargo, desde entonces no he dejado de pensar en esa muerte simbólica a la que como madre estoy abocada, y en las prendas, los despojos, que les dejaré finalmente a mis hijos. Un vestido. Se me viene a la cabeza el vestido de la Cenicienta, que tiene el poder de transformar la realidad y volverla deseable, y que es a la vez una promesa: la de que se pueden cumplir los propios sueños. Volver el mundo deseable, dotarlo de sentido: creo que es lo único, lo único y lo máximo, que puede aspirar a ofrecer, a fin de cuentas, una madre a sus hijos. Así que cuando pienso en las novelas familiares, y en las neurosis y las frustraciones y las fantasías, sólo espero que en alguna de esas madres medio reales y medio imaginarias reconozcan mis hijos la promesa de ese vestido, pues al final lo que heredamos no es sino una mirada, unos ojos que ven la realidad y encuentran algo digno de ser amado en ella.

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