MADRE Y BEBÉ DESPUÉS DEL PARTO

De lo que sucede en las horas y días después del parto se habla normalmente desde posiciones extremas: o de una extrema idealización, haciendo hincapié en la absoluta felicidad de tener por fin a tu hijo entre los brazos, o de un extremo realismo desmitificador, a mi modo de ver también exagerado, que subraya el cansancio, la falta de sueño, las incomodidades físicas, o la angustia que genera el tener que atender al recién nacido. Yo había leído y escuchado tantas de estas últimas cosas que a veces me asustaba pensando en cómo me encontraría llegados esos momentos, preguntándome si sería capaz de sobreponerme a esa catástrofe que se anunciaba y cuidar bien a mi hijo. Pero, después del parto, y en parte para mi sorpresa, nada de aquello ocurrió. Nada. Nadie, desde fuera, puede transmitir lo que sucede en esos momentos porque lo que sucede es un encuentro que tiene cuerpo pero no tiene palabras: el de la madre y el bebé. Mi mayor descubrimiento fue que ese vínculo (por el que tanto había temido, cuestionándome en algunos momentos si querría a mi hijo nada más verle, si le reconocería de inmediato como mío) no dependía sólo de mí, sino que se construía, desde el primer instante, entre dos partes indisolubles, y que no cabía imaginar a un bebé sin su madre, al igual que yo no podía ser madre antes de que hubiera nacido Gabriele.

Pues bien, allí estaba, enrojecido y un poco magullado por el esfuerzo del parto, y su presencia, en aquellas primeras horas y días, me enseñó que su secreto mundo era en realidad mucho más accesible de lo que nunca hubiera imaginado. Le gustaba ser abrazado. Su padre lo cogía a veces como si fuera una bolita, y se quedaba dormido muy encogido, como debió de haber estado dentro de mi barriga. Pero creo que lo que más le gustaba era cogerse a mi pecho. Yo tenía la sensación de que no sacaba casi nada de aquel calostro del que tantas virtudes había oído, pero aún así lo acercaba a mí y él no dudaba en agarrarse con furor. Pasamos una noche muy mala, la segunda. Seguramente tuvo hambre antes de que a mí me viniera la leche. Lloraba y en su llanto se advertía la desazón de quien no sabe lo que quiere ni lo que ocurre. Yo me movía con cierta dificultad, así que su padre lo traía y lo llevaba, o yo lo tumbaba sobre mi pecho. En realidad, su llanto no era un llanto opaco. Nos llamaba. Llamaba y transmitía algo que se revolvía en mi interior. Al igual que mirarle mientras dormía me daba mucho sueño. Descubrí rápido que aquella violenta separación del parto no era tan drástica; o sí lo era, pero había dado lugar a otra cosa: a una nueva unión en la que nos veíamos y nos comprendíamos sin saber cómo, del mismo modo que dos criaturas perdidas en una tempestad, en la soledad de lo profundo de un bosque, que huyendo de algún peligro, o en medio del frío y de la lluvia, se encuentran, se descubren, y de forma inesperada intuyen que se necesitan, y se acercan el uno al otro. Al principio, creo que entre la madre y el bebé no puede haber palabras: la relación es muda, es puro asombro.

Me sucedió a la vez otra cosa, de la que poco se habla, y que es la aparición, en las horas inmediatamente posteriores al parto, de un sentimiento de poder, de profundo orgullo. Mirar al bebé y admirar la propia obra, sorprenderme, también, de lo que había sido capaz de hacer con mi cuerpo.

Gabriele nació a las cinco de la tarde, y recuerdo que ese mismo día recibí muchas visitas; y que, lejos que sentirme cansada o agobiada, pocas veces en mi vida he disfrutando tanto de la compañía, de la comida (uno de mis sueños recurrentes en la segunda mitad del embarazo era que comía bocadillos de jamón serrano), y también, ¿por qué no decirlo?, del orgullo de mostrar a mi bebé recién nacido.

La foto que podéis ver es una de las primeras que tengo de Gabriele. No tenía ni un día de vida. La miro ahora y me doy cuenta de que, en ese momento, ya nos conocíamos. Nuestro pequeño mundo, que había estado nueve meses cerrado a cal y canto, acababa de abrirse. Y no necesitábamos, en esos momentos, aprender tanto el uno del otro. Sólo me hacía falta mirarle, dejar que me invadiera su llanto, o su sueño, su tranquilidad o su angustia. Creo que transité el mundo de los recién nacidos para estar a su lado, y todo ello, a la vez que le sostenía.

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4 Responses to MADRE Y BEBÉ DESPUÉS DEL PARTO

  1. pepime 10 Marzo, 2012 at 13:37 #

    Ay Elisa, primero he mirado tu blog por encima y me he dicho -puuuuuf, qué entradas tan largas-con un poco de pereza..luego me he puesto a leer, y después a moquear un poquito, y luego a llorar y leer y llorar y leer y llorar. las mamás tenemos un nudito de emoción en el corazón que en seguida se desata cuando alguien lo toca…
    gracias Elisa.

  2. Amalia Risueño 10 Marzo, 2012 at 18:36 #

    A Gabriele le van encantar leer estas cosas cuando sea mayor, Elisa!

    • Elisa Martín Ortega 10 Marzo, 2012 at 23:10 #

      A veces lo he pensado, que a mí me hubiera gustado saber ahora esas pequeñas cosas de cuando era un bebé. Ya veremos con el paso del tiempo…

  3. La lectora 10 Marzo, 2012 at 18:56 #

    Es verdad, claro, que el bebé se separa físicamente de la madre cuando nace, pero no así emocional, mental o intuicionalmente: esos otros cuerpos más sutiles continúan juntos por mucho tiempo más.
    Y creo que eso hace que la relación madre-hijo/a sea tan íntima… el continuar compartiendo partes del cuerpo propio como con nadie más se podría.
    Un saludito desde Buenos Aires.

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