PRIMERAS PALABRAS

Nombrar el mundo. No hay, para mí, poder más fascinante, deseo que más acucie, frustración más enraizada. Los niños pequeños, en la hora en que comienzan a pronunciar sus primeras palabras, se encuentran cara a cara con lo propiamente humano: la omnipotencia, la ambición, la esperanza, la insignificancia, el desconcierto.Si algo he aprendido observando a Gabriele es que el aprendizaje del lenguaje es un proceso lleno de satisfacciones, de altibajos, de esfuerzos. Él no ha sido especialmente precoz: tuvimos que esperar hasta los 21 meses para escuchar sus primeras palabras con un sentido preciso y bien delimitado, y ahora, a punto de cumplir los dos años, ha ampliado su vocabulario pero aún se encuentra en plena fase de “lengua de trapo”.

Articular las palabras no es sencillo, pero ha de conferir una sensación de poder casi mágico. Hasta hace no mucho, Gabriele se comunicaba primordialmente señalando: nos miraba, ejecutaba su gesto, y esperaba que complaciéramos sus deseos o compartiéramos su experiencia. Sabía ya que no le podíamos leer el pensamiento, y también que la comunicación era posible entre nosotros. Un paso muy importante, sin duda, que se produjo alrededor de los doce meses. Pero, como ya escribí en su momento, aquel tipo de comunicación apuntaba a la cosa misma, al objeto en particular, al color concreto, al sonido aislado. Era aún el suyo un mundo sin ideas abstractas, sin fingimientos, primitivamente simbólico. Poco a poco, más o menos desde esos doce meses, fui observando cómo Gabriele empezó a agrupar los objetos en categorías, a construir ideas generales, a crear esa “representación o concepto mental” que, en la teoría lingüística, recibe el nombre de significado. Me fijé sobre todo en el modo en que comenzó a reconocer y a agrupar todos los perros: reales, de distintas razas, los peluches, los perros de los cuentos, los de los dibujos animados. Mirándolos atentamente, con voluntad de inocencia, me sorprendió comprobar que son muy distintos entre sí.

Pero faltaba el significante, es decir, el “conjunto de fonemas articulados” al que se asocia un significado. Los bebés practican los sonidos bastante antes de aprender a hablar, a través del balbuceo. Y llega un día en que esas secuencias de sonidos, juego de imitación del lenguaje de los adultos o simple placer por descubrir las posibilidades de la propia voz, encuentran un sentido. En ese momento el niño descubre que puede nombrar: dar nombre a las cosas, llamarlas, describirlas, apresarlas. Es toda una revolución en su pequeño mundo.

A menudo me he preguntado si es o no casualidad que las palabras que sirven para nombrar al padre y a la madre, en casi todas las lenguas, coincidan con las secuencias de sonidos que, aún sin sentido, comienzan a decir los niños alrededor de los siete meses: “papapapapa…”, “mamamama…”. No puede ser por casualidad, me digo. Y es muy posible, además, que el bebé, en su fantasía de omnipotencia, sienta que ha nombrado a su papá y a su mamá: que un buen día “descubra” que es él, sin que nadie le enseñara, quien les ha puesto ese nombre. Y que compruebe, encantado, que todos le han secundado, sobre todo que sus padres han aceptado el nombre que él les ha dado. Me recuerda esto a un fragmento del libro del Génesis, en el que se describe el momento en que Adán, invitado por Dios, da nombre a los animales y demás cosas del mundo:

Entonces Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes.

Según el relato bíblico Adán, el primer hombre, escogió el nombre de los animales, y era este un nombre justo y adecuado: el nombre que a cada uno le correspondía. Quizá los niños muy pequeños experimenten esa misma sensación cuando empiecen a nombrar a sus padres: no les ha de caber ninguna duda de que es así como se llaman, y les parecerá sin duda maravilloso que respondan a su llamada.

Pero la teoría lingüística nos dice también que el signo es arbitrario: es decir, que no hay ninguna razón para que a un significante le corresponda un determinado significado, que la relación que hay entre ambos surge de una convención, y por eso hay en el mundo tantas lenguas, todas distintas entre sí. Con una excepción, una salvedad: las onomatopeyas. Y los niños aman las onomatopeyas: las voces de los animales, el “brumm” de los coches, en “yiii” de los aviones. Prueba también de que no han acabado de aceptar el principio de arbitrariedad del signo lingüístico y sueñan con un lenguaje motivado, en que cada palabra lleve inscrito, en su sonido, su propio significado.

Los niños son creativos en la adquisición del lenguaje: van cambiando los significados que asocian a cada significante. Y creando y deshaciendo categorías: “guauguau” puede ser, primero, todo animal de cuatro patas, para después especializarse en los más pequeños, mientras que los grandes pasan a ser “muuu”; “agua” es al principio sólo el agua potable, después cualquier otro líquido, y un poco de tiempo más tarde también la que sale de las fuentes de la calle o el mar que aparece pintado en los cuentos. Los niños a veces inventan palabras, otras imitan onomatopeyas o vocablos comunes, pero el significado que les dan va transformándose, se define paulatinamente, y demuestran que sus pequeñas mentes comprenden ya muy bien lo que son la metáfora y la metonimia; quizá esta última –la metonimia, en la que se da a una cosa el nombre de otra, basándose en una relación de contigüidad– sea la más utilizada por los niños que están empezando a hablar. Jakobson se refería a ella como “magia por contagio”, y creo que tiene una importancia capital en el proceso de adquisición del lenguaje. El ejemplo más gracioso de Gabriele es el de la palabra “tití”: que originariamente era sólo “pipí”, pero que ha pasado a nombrar también todo lo que tiene que ver con esa zona de su cuerpo, y más específicamente dicha parte de su anatomía.

Poco a poco, a medida que los niños aprenden a hablar, van afinando los conceptos, aprendiendo las palabras comunes, alejándose (quizá sobre todo en el caso de los niños bilingües, como Gabriele) de esa creencia de que las palabras son, en sí mismas, el nombre exacto de las cosas. Sin embargo, creo que ese deseo, y la frustración que acarrea, no nos abandona nunca del todo: sobre todo no abandona a quienes más aman las palabras, a quienes más esperan de ellas. Muchos escritores han escrito y pensado sobre esto. Walter Benjamin utilizaba la metáfora de Adán nombrando a todos los animales para acabar afirmando que en realidad “la Caída es la caída del nombre en la arbitrariedad del signo”. Juan Ramón Jiménez expresaba el mismo anhelo en un célebre poema:

 ¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
… Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente. (…)

Los niños que están empezando a hablar viven en un mundo mágico en el que creen poder encontrar ese nombre exacto de las cosas. Están convencidos de que cada palabra que pronuncian es la más perfecta; van moldeando la lengua a su gusto, hasta hacerla converger con la de los adultos. ¿Pero qué queda de esa ilusión primera, de ese mundo de onomatopeyas y de esa sensación de omnipotencia? Y, yendo aún más lejos: ¿qué queda de esa etapa en que no había aún palabras y cada objeto, en sí mismo, había de ser señalado? Todo está en nuestro interior. El deseo de nombrar la realidad; la necesidad de ir más allá del significado de las palabras y encontrarnos individualmente con cada cosa; la aceptación de que vivimos en un mundo de zozobra, en el que nunca sabremos a ciencia cierta cuál es el nombre exacto de las cosas. Otro poeta, José-Miguel Ullán, escribió: “Inteligencia no me des jamás el nombre exacto de las cosas porque el enlabio se enniñece oh sí (…)” El enlabio, el engaño ocasionado por el artificio de las palabras, la sutileza lingüística, las palabras dulces que salen de los labios y nos seducen, se enniñece. El deseo infantil de saber el nombre exacto de las cosas es una quimera que toda la vida nos asalta, es el más hermoso engaño, la pasión más duradera.

Pequeño diccionario de las veinte primeras palabras de Gabriele (por orden de aparición en su vocabulario): ‘papá’, ‘mamá’, ‘teté’ [‘chupete’], ‘caca’, ‘tití’ [‘pipí’ y por metonimia todo lo que tiene que ver con sus geniales], ‘agua’, ‘bu’ [‘autobús’], ‘te’ [‘tren’], ‘pa’ [‘pan’], ‘teta’ [‘galleta’], ‘guauguau’, ‘muu’ [‘vaca’], ‘miau’, ‘llayi’ [‘llave’], ‘cocó’ [‘Pocoyó’], ‘elly’ [‘Ely’], ‘papo’ [‘pato’], ‘yiii’ [‘avión’], ‘ábol’ [‘árbol’], ‘auta’ [‘flauta’].

Actualización del diccionario de Gabriele (14/11): ‘tata’ [‘tarta’], ‘bo’ [‘globo’], ‘pupo’ [‘pulpo’], ‘nene’, ‘nena’, ‘bobo’ [‘bombero’], ‘popo’ [‘pollo’], ‘gu’ [‘yogur’], ‘Nana’ [‘Mariana’], ‘paque’ [‘parque’], ‘búho’, ‘mana’ [‘manzana’], ‘pe’ [‘pez’], ‘lobo’, ‘verde’, ‘luna’, ‘piipiii’ [‘tren en marcha’], ‘blu’ [‘azul’], ‘croa’ [‘rana’]. 

Actualización (14/12): ‘túnel’, ‘pie’, ‘Pepe’ [‘nombre de un pollo de un cuento’], ‘té’, ‘latte’ [‘leche’], ‘uva’, ‘sí’, ‘no’, ‘calle’, ‘barco’, ‘mi’ [‘mío’], ‘adiós’, ‘pera’, ‘yuyu’ [‘abuelo’], ‘Mimí’, ‘bebé’, ‘cae’, ‘yo’, ‘Papapael’ [‘Papá Noel’].

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