¿QUÉ PIENSA DE LA MENTE UN NIÑO DE CINCO AÑOS?

A veces Gabriele me dice que me va a contar un secreto. Los secretos son cuartos cerrados, seductores, que se pueden abrir y cerrar, revelarse un poco, convertirse en confidencias. En los últimos tiempos ha ido experimentando con las diferentes facetas del secreto: con el poder que otorga el poseerlo, con la tentación de contarlo, con que compartamos los dos algunos secretos, como cuando me dice al oído: “no se lo digas a nadie”. Creo que tanto la mentira como el secreto son parte fundamental del crecimiento infantil, de la conquista por parte de los niños de su propia mente, de sus límites y de su relación con la mente de los otros. Mentir es inventar antes que engañar: es también una forma de poner al otro a prueba, de demostrarse que nadie puede leer los propios pensamientos, que una cosa es lo que somos y otra puede ser lo que decimos; que tenemos, a fin de cuentas, intimidad y vida interior. A mí misma, en los últimos años, y ante ciertas angustias relacionadas con mis hijos, me ha sorprendido el deseo de que fueran transparentes: de poder leer en sus cabezas cuáles son sus preocupaciones, qué han hecho hoy en el colegio o por qué se sienten irritados.

Cuando el niño empieza hablar sentimos que un mundo se abre, que por fin podrá contarnos todo lo que le ocurre y no tendremos que adivinarlo. Pero la realidad es que el lenguaje es en sí mismo un cofre que se abre y se cierra, que se esconde a sí mismo; no siempre controlamos las palabras, a veces no las hallamos, otras veces hablan por nosotros, o llegan a convertirse en una barrera. Hacer del lenguaje una fuente de liberación, de expresión y de encuentro es tarea para toda una vida. Así que los niños no son transparentes. Ni siquiera para sus madres. Los niños tienen sus secretos, sus lagunas, sus mentiras y sus penas no expresadas. Ir poco a poco tomando conciencia de ello es ya una gran conquista. La existencia de los secretos seguramente les ayuda a comprender ciertas cosas: aquello que se sabe pero no se dice, lo que se siente y cuesta traducir en palabras, o eso que, por desconocimiento, no podemos nombrar.

Gabriele, pienso que en parte tras observar a su hermano Adriano, que acaba de cumplir dos años, y ser testigo de su crecimiento y su incipiente acceso al lenguaje, ha empezado a hacerse la pregunta que me llevó a mí a escribir su historia: ¿por qué no nos acordamos de cuando éramos bebés?, ¿dónde están los recuerdos de ese tiempo? Imagino que inspirado por la serie de televisión “Érase una vez la vida”, en la que el cuerpo humano aparece habitado por una multitud de pequeños seres que realizan diferentes funciones, Gabriele ha ido dando forma a sus ideas acerca de la memoria. Hasta hace poco era un gran secreto, que ahora empieza a ser desvelado.

Un día me contó que en su cabeza había unos hombrecillos que escribían todo lo que él veía, hacía y pensaba, y que por esa razón no se le olvidaban las cosas, sino que permanecían muy bien escritas, allí guardadas para cuando necesitara recordarlas. Esos hombrecillos eran también los encargados de mantener el cerebro en orden, así que estaban todo el día trabajando con afán, anotándolo todo en unos largos papeles que no parecían tener fin. “Esos hombrecillos están en nuestras cabezas, pero no en las de los bebés”, me dijo Gabriele. Yo le pregunté entonces que qué había en la cabeza de los bebés: “Los bebés tienen una flor”, me dijo, “una flor que guarda todas las cosas que saben. Dentro de la flor también hay hombrecillos, pero no escriben nada, sino que corren y saltan de un lado para otro, como payasos. La flor contiene lo que pueden aprender los bebés, pero cuando cumplen dos años se corta. Es una lástima. Entonces, del interior de la flor salen los hombrecillos, que empiezan a escribir los recuerdos”. Por eso no nos acordamos de cuando éramos bebés, porque en nuestra cabeza había una flor que fue cortada.

La idea de la flor me pareció muy bonita. Sospecho que quizá surgió en parte del cuento del Principito, que le había leído poco tiempo antes. Pero mirando a Adriano pensé que Gabriele había captado perfectamente su forma de estar en el mundo: una cabecita habitada por esa flor misteriosa que después todos perdemos y algunos hombrecillos alocados.

Más tarde se han unido al relato unos monstruitos verdes destructores de recuerdos, que atacan a los diminutos escribientes y ponen la cabeza patas arriba. Surgieron de una pesadilla, según me contó Gabriele, y protagonizan luchas constantes por el control de los pensamientos y la memoria. Vienen sobre todo por las noches, “cuando la cabeza no está ordenada como por las mañanas”, y siembran el caos. Se comen los recuerdos de los sueños y por eso tan a menudo cuando nos despertamos por las mañanas los hemos olvidado. Sobre el origen y la naturaleza de estos monstruitos verdes no se sabe mucho. Gabriele zanjó la cuestión diciéndome que salen de las cabezas de los ladrones.

Pero, ¿qué es robar a fin de cuentas? Es llevarse algo que a uno no le pertenece, sustraérselo a su dueño. El sueño alienta tal desposesión, un caos mental a los ojos del niño, unos recuerdos, los de lo soñado, que no parecen tan propios y manejables como todos los otros. El orden establecido por los hombrecillos escribientes es una construcción frágil que inaugura la entrada en el lenguaje y el pensamiento articulado. Atrás queda la flor: una última promesa, ese mundo remoto de sensaciones que a los dos años empieza a languidecer.

Creo que ninguna de estas ideas habrían surgido de la mente de Gabriele sin la emergencia previa del secreto. Si su mente fuera transparente para mí, tal y como yo he deseado algunas veces, apenas podría pensar. Quizá esos monstruitos verdes “que salen de las cabezas de los ladrones” representen una última angustia de separación, que compartimos él y yo. “Eso no te lo voy a contar”, me responde a veces. Y yo imagino a sus hombrecillos escribiendo aquello que no me cuenta, guardándolo a buen recaudo de los ladrones. Me pregunto entonces dónde fue a parar su flor, y qué será muy pronto de la flor de Adriano, que casi ante cualquier pregunta mía protesta con una convicción aplastante: “¡No, no, no!”

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